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Tesla confirmó que el Model S y el Model X dejarán de producirse, cerrando así un capítulo clave en la historia reciente del automóvil eléctrico. El anuncio no llegó como un comunicado solemne ni como una despedida cargada de nostalgia, sino integrado en una presentación de resultados, casi como si se tratara de un ajuste más dentro del tablero industrial de la compañía. Y, en cierto modo, lo es.

La decisión responde a una reorientación clara: Tesla libera capacidad en su planta de Fremont para enfocarse en la producción de Optimus, su robot humanoide, un proyecto que refleja hasta qué punto la empresa ya no se concibe únicamente como un fabricante de autos. Pero antes de mirar al futuro, vale la pena detenerse un momento y entender por qué el fin del Model S tiene un peso simbólico y técnico tan relevante.

El Model S: el eléctrico que cambió las reglas del juego

Presentado en 2012, el Tesla Model S fue mucho más que un nuevo sedán de lujo. Fue el modelo que demostró que un auto eléctrico podía competir y superar a los de combustión en autonomía, desempeño y tecnología.

En sus versiones más recientes, el Model S utiliza una batería de alrededor de 100 kWh, alimentando uno o dos motores eléctricos según la configuración. Las variantes de doble motor con tracción integral ofrecen potencias que superan con holgura los 500 caballos, mientras que el extremo de la gama, el Model S Plaid, llega a cifras cercanas a los 1.000 caballos de potencia, con una aceleración de 0 a 100 km/h propia de un superdeportivo.

En términos de autonomía, el Model S se movía en el rango de los 580 a 600 kilómetros bajo ciclo WLTP, una cifra que durante años fue referencia en la industria. Todo esto acompañado de un interior minimalista, dominado por pantallas, actualizaciones de software remotas y una arquitectura electrónica adelantada a su tiempo.

El Model X: tecnología, espacio y espectáculo en formato SUV

Si el Model S fue el sedán que redefinió el auto eléctrico, el Tesla Model X representó la apuesta de la marca por trasladar esa revolución al segmento de los SUV de lujo. Lanzado en 2015, el Model X se convirtió rápidamente en uno de los vehículos eléctricos más reconocibles del mundo, no solo por su desempeño, sino por soluciones de diseño que rompieron con cualquier molde previo.

En el apartado mecánico, el Model X compartía gran parte de su arquitectura con el Model S. Utilizaba una batería de aproximadamente 100 kWh, combinada con dos o tres motores eléctricos, dependiendo de la versión, siempre con tracción integral. Las configuraciones estándar ofrecían niveles de potencia superiores a los 500 caballos, mientras que la variante Model X Plaid superaba ampliamente esa cifra, acercándose también al umbral de los 1.000 caballos, algo inédito para un SUV de producción.

Por qué Tesla deja atrás a su sedán insignia

A pesar de sus credenciales técnicas, el Model S fue perdiendo peso dentro del negocio de Tesla. Su precio elevado, el aumento de costos y un volumen de ventas cada vez menor lo convirtieron en un producto difícil de justificar frente al éxito comercial del Model 3 y el Model Y.

Al mismo tiempo, Tesla acelera su transición hacia un modelo de negocio más amplio, centrado en inteligencia artificial, automatización y conducción autónoma. En ese contexto, la producción del Model S y el Model X deja de ser prioritaria frente a proyectos como Optimus, que requieren espacio industrial y recursos a gran escala.

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